Historias de transformación
Cada persona que llega a Viento Cenote trae consigo una historia única. Aquí compartimos algunas de las transformaciones que hemos tenido el privilegio de acompañar.
Después de tres meses en el programa Corazón Sereno, pude volver a subir las escaleras del Mercado San Juan sin detenerme a mitad del camino. Antes llegaba arriba con el corazón latiendo tan fuerte que pensaba que se me iba a salir del pecho. Ahora subo tranquila, sin prisa, disfrutando del aroma del pan recién horneado que viene de la panadería del segundo piso.
Mi nieta Valentina me pidió que la acompañara a su clase de danza folklórica el mes pasado. Antes le hubiera dicho que no porque sabía que tendría que estar parada mucho tiempo. Esta vez dije que sí, y no solo aguanté toda la clase sino que hasta me animé a mover los pies un poco cuando sonó "La Negra". Mi nieta no paraba de reírse de felicidad.
El programa de Circulación Vital me devolvió las ganas de cultivar mi huerto en el patio trasero. Llevaba casi dos años con los tomates y chiles abandonados porque sentía las piernas tan pesadas que no podía agacharme a desyerbar sin que me doliera todo. Mi esposa se encargaba de regar, pero no es lo mismo.
Ahora paso las mañanas entre mis plantas. La semana pasada coseché los primeros jalapeños de la temporada y preparé una salsa que hasta mi suegra tuvo que admitir que estaba buena. Pequeñas victorias que antes daba por imposibles.
Llegué a Viento Cenote porque mi cardiólogo me dijo que mis números estaban bien pero que vivía en un estado de ansiedad que eventualmente me pasaría factura. Me despertaba a las 4 de la mañana con el corazón acelerado pensando en mis hijos, mis nietos, el país, todo. El programa de Restauración del Ritmo me enseñó algo que parece obvio pero que había olvidado: a respirar.
Ahora cuando me despierto en la madrugada, en lugar de quedarme dando vueltas en la cama con los pensamientos disparados, hago los ejercicios de respiración que aprendí. No desaparecen las preocupaciones, pero dejan de sentirse como emergencias. Mi esposo dice que hasta ronco menos, aunque eso no sé si creerle.
Toda mi vida adulta me levanté corriendo. Del despertador al baño, del baño al carro, del carro a la oficina. Desayunaba en el coche, comía frente a la computadora, cenaba viendo las noticias. Cuando me jubilé el año pasado, seguía despertándome con la misma urgencia aunque ya no tuviera a dónde correr. Mi cuerpo no sabía cómo estar en calma.
El programa Vitalidad Matutina me regaló mis mañanas. Ahora me levanto 40 minutos antes de lo necesario solo para disfrutar ese tiempo. Hago mis ejercicios suaves, preparo mi café con calma, leo el periódico sin prisas. Mi esposa dice que por fin conoció al Roberto que se casó con ella hace 35 años.
Tengo un puesto de ropa en el tianguis del domingo. Son muchas horas parada, cargando cajas, subiendo y bajando mercancía. Al final del día llegaba a casa con los tobillos tan hinchados que no me entraban ni las chanclas. Mi hermana me recomendó Viento Cenote porque a ella le había ayudado con problemas similares.
Después del programa de Circulación Vital, aprendí ejercicios que puedo hacer incluso mientras atiendo clientes. Movimientos pequeños, casi invisibles, pero que mantienen la sangre fluyendo. Ahora llego a casa cansada, como es normal después de trabajar, pero ya no con esa sensación de que las piernas me van a explotar. Hasta me animé a usar mis botines favoritos que tenía guardados desde hace años.
Mi cardiólogo me había dicho muchas veces que necesitaba bajar el estrés. Yo le contestaba que no estaba estresado, que así era mi personalidad. Intenso, perfeccionista, siempre con mil proyectos en la cabeza. Después de un susto con la presión que me llevó a urgencias, decidí escuchar.
El programa Corazón Sereno me ayudó a ver que lo que yo llamaba "mi forma de ser" era en realidad un sistema nervioso que no sabía descansar. Aprendí a soltar el control, a dejar que las cosas estén imperfectas, a sentarme sin tener que hacer algo productivo. Mi presión bajó, pero más importante, dejé de sentir que el mundo se acababa cada vez que algo no salía como yo quería.
Como enfermera, pasé 30 años cuidando el corazón de otros. Monitoreando presiones, administrando medicamentos, reconociendo señales de alarma. Pero mi propio corazón lo tenía completamente descuidado. Trabajaba turnos dobles, dormía poco, comía lo que podía cuando podía. Hasta que empecé a sentir palpitaciones que me asustaron.
El programa de Restauración del Ritmo me recordó que no puedo cuidar a nadie si no me cuido primero. Ahora, antes de cada turno, hago cinco minutos de respiración consciente. Mis compañeras me preguntan qué me pasa, que me ven diferente. Les digo que por fin estoy practicando lo que predico.
Manejo taxi desde hace 25 años. Eso significa muchas horas sentado, mucho estrés con el tráfico, muchas comidas en la calle. El año pasado mi doctor me dijo que si seguía así, mi corazón no iba a aguantar mucho más. Me asusté porque este trabajo es lo único que sé hacer y todavía me faltan años para retirarme.
Con el programa Vitalidad Matutina aprendí a empezar el día de otra manera. Antes de salir a trabajar hago mis ejercicios, desayuno algo decente en mi casa, y salgo con otra energía. También aprendí ejercicios que puedo hacer en el carro mientras espero pasaje. Mis números mejoraron tanto que hasta mi doctor se sorprendió. Le conté del programa y me pidió información para recomendarlo a otros pacientes.
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